La vecina

Acabo de mudarme a la urbanización, es la primera vez que bajo a la piscina comunitaria y me sorprende que no haya nadie… Salvo tú. Estás tumbada al sol, bronceando aún más tu ya dorada piel, con un bikini blanco que aún resalta más tu moreno. Unas gafas de sol ocultan tus ojos, esperando que no estés dormida me decido a dirigirme a tí.

– Hola, buenas tardes, soy nuevo en la urbanización y me sorprende que no haya nadie en la piscina bañándose y que sólo estés tú por aquí con este día. ¿No se puede usar la piscina o algo?

– Hola, no, por suerte. Dices, haciendo las comillas en el aire al decir suerte.

– ¿Y eso? 

– Se les volcó el bote de cloro por la noche al hacer el mantenimiento y hoy no se puede usar, y digo suerte porque sino esto estaría lleno de niños corriendo, y así aún a pesar de no poderse dar un chapuzón se está muy bien. Por cierto me llamo M, bienvenido.

– Gracias M yo me llamo F. Espero no haberte despertado ni molestado. 

– En absoluto. De hecho iba a subir a casa a por otro libro, que ya acabé el que estaba leyendo, pero ahora que estás tú ya tengo compañía.

Así empezamos a hablar hasta que el sol se escondió tras los edificios y a pesar del calor remanente decidimos irnos, subimos a nuestras respectivas viviendas que, curiosamente, están puerta con puerta.

En los días siguientes vamos coincidiendo en la piscina, en el supermercado, y vamos cogiendo un cierto grado de complicidad, intercalando algún coqueteo y ahora estás llamando a mi puerta.

– Hola vecino, iba a prepararme un café con leche, pero me he encontrado sin leche y hoy está todo cerrado ¿me invitas a un café con leche?  Me dices con una mirada pícara que me dice que no es eso realmente lo que quieres.

– Si, claro, adelante. 

Pasas delante de mi, con tu hermosa cadera envuelta en un pareo y el bikini blanco del día en que te conocí por toda ropa. Caminas sinuosa como una gata, el movimiento de tu precioso trasero me hipnotiza.

– ¿No vas a cerrar la puerta?

– Si, claro, estaba embobado.

– Ya te lo noto. Me dices entornando los ojos y recorriendo mi cuerpo, cubierto solo por una camisa desabotonada y unos shorts, desde la cara pasando por mi pecho deteniéndote en el bulto que ha crecido dentro de mi pantalón.

– No te pongas colorado, o me vas a decir que a estas alturas te asustas de mí.

Camino hacia la cocina a coger las tazas para preparar los cafés. En la puerta de la cocina estiras la mano hacia mi indisputable bulto en el pantalón, lo agarras y dices:

– Ya no me apetece café, solo algo de la leche que guardas aquí.

Te agachas y en cuestión de segundos liberas mi polla, que salta de alegría al verte, delante de tu cara.

La miras y la besas, la lames mientras me miras con cara de deseo y a continuación la metes hasta el fondo en tu caliente boquita.

Acaricio tu melena mientras me sigues dando un enorme placer. Te cojo la mano y te pones de pie. 

Te agarro por la cintura y te levanto en el aire, tus piernas rodean mi cintura, tus brazos mi cuello, mis manos bajan hasta tu redondo trasero. 

No llevas puesto nada bajo el pareo y siento el calor y la humedad que brotan de tu coño.

Te siento sobre la mesa de la cocina, separo tus piernas y hundo entre ellas mi cara. Mi lengua se desliza sobre tus suaves y mojados labios. 

Recorro tu raja de arriba abajo, acariciando tus muslos. Apoyas tus codos en la mesa y echas la cabeza hacia atrás mientras jadeas de placer.

Mi lengua riza tu clitoris provocándote un espasmo que te lleva a agarrar mi cabeza con tu mano y empujarla contra tu coño.

Mis labios rodean tu clitoris y mi lengua lo golpea con suavidad. Mi mentón roza tus labios. Tus muslos se cierran apretando mi cabeza mientas sueltas un alarido de placer.

Te tumbas sobre la mesa exhausta, con la cabeza asomando por el extremo contrario. Rodeo la mesa y acerco mi polla a tu cara.

– ¿Te sigue apeteciendo un poco de leche? Antes te interrumpí mientras te servías…

– Si, dámela, quiero que me folles la boca. Dices mientras coges mi polla y la metes de nuevo en tu boca.

La meto hasta que mis huevos golpean tu barbilla, tu boca se hace agua, tu saliva cubre mi verga que entra y sale de entre tus labios sin dejarte apenas respirar. Con tus manos apartas mi pelvis para coger aire y tragas la saliva que llena tu boca y que cuelga desde tus labios a mi glande.

El placer recorre mi espalda en un anticipo de mi orgasmo, mis manos agarran tu cabeza, sientes que estoy a punto de estallar por la forma en que mis dedos aprisionan tu mandíbula, cansada ya de estar abierta. Espesos chorros calientes brotan de mi polla inundando tu boca. 

Tragas algunos y otros resbalan por tu cara, te volteas, colocándote de rodillas sobre la mesa y nos besamos, me das a probar el sabor de mi propia esencia, que aún conservas sobre tu lengua. Te abrazo y te ayudo a bajar de la mesa.

Tus brazos vuelven a rodear mi cuello, te cojo en el colo y te llevo al dormitorio. Te tumbo sobre la cama, tu pareo quedó en la cocina cuando te comí ese sabroso coño, ahora te desprendes de la parte superior de bikini. Tus pezones erectos desafían la gravedad coronando tus hermosas tetas y apuntando al techo mientras yaces boca arriba.

Mi polla está flácida tras haber descargado en tu boca, mientras no se recupera me entretengo acariciando tus hermosos contornos. Cojo uno de tus pies, lo masajeo, chupo tus lindos dedos mientras mi mano masajeo tus gemelos, tu tobillo, tu pantorrilla. 

Cierras los ojos y emites leves gemidos mientras alterno los masajes en uno y otro pie, en una y otra pierna. Mis masajes ascienden por tus muslos, dorados por el sol, firmes y suaves, hasta alcanzar la húmeda raja que los separa. 

Mis dedos rozan tus labios, mi palma tu clitoris mientras mi masaje sigue ascendiendo por tu plano vientre y tu delgada cintura hasta alcanzar tus tetas. Mi boca sigue el camino de mis manos, besando suavemente tu piel, lamiendo de nuevo tus labios, deleitándome con el olor de tu deliciosa humedad.

Mi boca se detiene de nuevo sobre tu coño, mis labios acarician los tuyos, los besan, los chupan. Mi lengua se introduce entre ellos, describiendo círculos, entrando y saliendo, provocándote toda clase de gemidos. Mientras, mis dedos juegan con tus pezones.

Tus piernas hacen tijera sobre mi espalda, subes y bajas tu pelvis, mueves tu cadera haciendo que mi boca encuentre cada emplazamiento de tu placer. Jadeas, gimes, te retuerces, tus piernas se tensan cuando el escalofrío de placer que recorre tu espalda y rodea tu cintura para alcanzar tu ardiente coño.

Verte tan excitada hace que mi miembro reviva, te das la vuelta y te pones a cuatro patas en el borde de la cama, elevando tu hermoso trasero, deleitándome con una maravillosa vista de tus redondeces en alto.

Restriego mi polla por tu ranura, sintiendo tus húmedos labios humdecer mi glande. Con tu mano apartas mi polla de tu vagina y la llevas hacia tu apretado ano. Dejo caer un hilo de saliva entre tus nalgas que se desliza hacia tu ojo trasero, ayudando a lubricar la entrada de mi miembro.

Lo deslizo despacio dentro de tí. Mi glande dilata tu ano hasta atravesarlo, tras el, mi polla palpitante, dura y caliente se va adentrando entre tus deliciosas nalgas que son amasadas por mis manos, disfrutando de cada centímetro que se cuela en tu interior.

Mis manos agarran tu cintura mientras mi miembro, grueso, entra y sale de ti. Empiezo a bombear cada vez más fuerte, más rápido, haciendo vibrar tus cachas con cada vez que mi pelvis choca contra ellas. De nuevo gimes, me pides que aumente el ritmo. Siento tu calor rodeando mi pene, la suave piel de tu redondo trasero excita mi tacto, tu espalda arqueada con tu cara apoyada sobre el colchón excitan mi vista.

Mueves tu trasero en círculos, haciéndome alcanzar de nuevo un alto grado de excitacion, incrementado por el sonido de tu voz, gimiendo e implorando que siga mientras tus dedos acarician tu coño multiplicando tu placer, tus jugos corren por tus muslos.

Te estremeces ante la llegada de un nuevo orgasmo que anuncias gritando que estás a punto de correrte. Incremento la profundidad y la cadencia de mis embestidas, mis huevos golpean tus labios. Tus manos retuercen las sábanas, los dedos de tus pies ser retuercen. Un alarido sale de tu boca y tus piernas parecen dejar escapar su fuerza con el.

Saco mi polla y te dejas caer, exhausta, sudorosa. Mi piel está también cubierta de sudor, me tumbo a tu lado boca arriba, mi polla apunta al cielo, cuando la ves, así enhiesta todavía, la acaricias con tu mano y haces un esfuerzo por reptar hasta ella y lamerla con dulzura.

Me miras mientras lo haces, sonríes y me pides otro poco de leche. Chupas mi glande, haces desaparecer mi tronco en tu boca hasta que tu nariz toca mi pelvis. Tus manos acarician mis huevos, y uno de tus dedos se desliza entre mis nalgas, hasta llegar a profanar mi ano.

Mi polla hierve, sus venas están hinchadas, palpita dentro de tu boca, estoy a punto de eyacular de nuevo, te aviso y te separas para ver cómo brota los chorros como si de una fuente se tratase, caen sobre tu flequillo, tus mejillas, tu boca, tus tetas…

Recoges mi leche con tus dedos y los chupas de manera sonora mientras me miras con esos lindos y pícaros ojos. Posas tu cabeza sobre mi abdomen y acaricias mi pecho. Yo acaricio tus hombros, tu pelo, tu espalda, hasta que nos quedamos dormidos.

Texto e ilustración por @sexticles

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4 comentarios en “La vecina

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